¡Y Trump ha vuelto a hacerlo! Ha conseguido todos los escenarios que los analistas dibujaron durante la campaña como predicciones de la noche electoral. Donald Trump ha demostrado que no engaña a nadie. Desde que era joven ha convertido su vida en un ataque feroz para conseguir sus objetivos. Ataque y amenaza como combinación letal para atemorizar al adversario, sea este empresario o político.

Hace cuatro años Trump era la novedad, el candidato antisistema, subido a la ola del nacional populismo. Brexit, Le Pen, Hungría, Italia, Polonia, entre otros, forman parte de una coalición que da salida al malestar democrático de unas clases impactadas por la crisis económica que necesitan mensajes para recuperar la confianza. El lema simplista emocional para poder hacer frente a un futuro incierto. America First. Aislacionismo como bandera. Make America Great Again. Reaganismo filtrado por la ideología Alt Right. Confiad en mí. Soy la solución. Mi éxito empresarial es la garantía de que haré lo mismo en el gobierno.

En estos cuatro años se ha podido comprobar que Trump, como presidente, ha estado en campaña permanente cohesionando y consolidando su base electoral y convirtiendo la Presidencia en una institución desconocida hasta la fecha. Una presidencia diseñada por los Padres fundadores como el espacio para unir el país, para buscar el consenso, el pacto, y gobernar para la mayoría de la sociedad.

En cambio, la presidencia de Trump se ha basado en dividir y enfrentar a los grupos sociales, en polarizar la batalla política y en intentar que el rojo sea el color dominante. Un ejemplo, la votación final en el Senado de la candidata a ocupar un asiento en el Tribunal Supremo. Barret solo fue votada por los republicanos. Es el primer caso en la historia de la institución en que un candidato no recibe ningún voto del partido de la oposición. Es un síntoma de la presidencia de Trump.

La estrategia de campaña de los dos partidos ha tenido los efectos esperados. Los demócratas diseñaron una campaña en lógica de plebiscito: Trump, sí o Trump, no. Resultado: 10% más de participación que les puede dar la presidencia. En cambio, los republicanos pusieron el énfasis en el contraste entre los dos candidatos. Sleepy Joe. Electorado propio movilizado y cohesionado.

Trump, además, ha preparado a sus bases. Primera advertencia, el voto por correo es fraudulento. Primera petición, id a votar presencialmente. Segunda advertencia, no pienso reconocer la derrota. Segunda petición, estad preparados por si acaso. Tercera advertencia, el resultado lo decidirá el Tribunal Supremo. Tercera petición, parad el recuento del voto por correo fraudulento. He ganado las elecciones.

Trump está donde quería estar. Ya tiene la imagen del mapa electoral de color rojo. Por lo tanto, me proclamo ganador aunque falten muchos votos por contar. Objetivo logrado. La paradoja roja me permite iniciar la amenaza y el ataque para conseguir tumbar el resultado. Y ser reelegido. Problema en el argumentario: 2020 no es Florida 2000. Son nueve estados los que están en el recuento y no uno solo, con la famosa papeleta «mariposa». 536 votos de Florida decidieron una Presidencia. En estas elecciones estamos hablando de sesenta millones de votos por correo. No es exactamente lo mismo. Es cierto que para Trump 536 votos o 60 millones no son un problema para iniciar las hostilidades. Y la noche electoral no se cierra hasta que uno de los dos candidatos reconoce su derrota. Y, de momento, Trump no piensa hacerlo. Además, es el presidente hasta el próximo 20 de enero.

Alguien dijo que, si el resultado era ajustado, la noche electoral duraría un mes. Ya falta menos para el 14 de diciembre, día en que los compromisarios votan al nuevo presidente.

Continuará.