Hace cuatro años, al conocer la victoria de Donald Trump, los americanos se lanzaron a leer 1984. La distopía de George Orwell entró en las listas de los libros más vendidos. Trump era el Gran Hermano, jefe de un régimen que quería derrotar buena parte de las instituciones democráticas de la república norteamericana.

Las mujeres llenaron el Mall de Washington. La consigna era resistir el machismo, la xenofobia y el neofascismo de Trump.

Umberto Eco definió en 14 categorías al líder neofascista y Trump encajaba en todas ellas: tradicionalismo, machismo, racismo, rechazo de la modernidad, lenguaje básico y directo, irracionalidad, pensamiento único, apoyo de la clase media blanca, explotación del sentimiento de opresión de las clases populares, disolución del individuo en la masa, despotismo ilustrado, propagación de teorías conspirativas, confrontación constante y exaltación del liderazgo.

Las instituciones eran todo lo que resistía el empuje neofascista. El Congreso, en manos republicanas, se dedicó a ampliar el poder de los poderosos y a deshacer el legado Obama.

Los funcionarios más profesionales se resistieron a acatar las órdenes más radicales del presidente pero, uno tras otro, se vieron en la calle.

Quien plantó cara con más éxito fue la judicatura. Desde el primer momento los jueces rechazaron las órdenes del presidente de expulsar migrantes y cerrar la frontera a los viajeros de una larga lista de países musulmanes.

Los jueces del Tribunal Supremo también han resistido las presiones de la Casa Blanca para anular el resultado electoral y dar la victoria a Trump. La mayoría conservadora es de 6 a 3. Tres jueces le deben el cargo al presidente. Aun así, han rechazado sus denuncias de fraude electoral. Incluso los más conservadores se han pronunciado contra la demanda de Texas para invalidar los resultados de Pensilvania, Wisconsin, Michigan y Minnesota.

Las elecciones han sido limpias y Trump las ha perdido. El Colegio Electoral, una institución marcadamente antidemocrática, esta vez no ha sido suyo. Trump lo intentó todo con el fin de que un puñado de estados bajo control republicano no certificasen la victoria de Biden. Para estos políticos, sin embargo, era mucho más importante demostrar que en sus estados se habían hecho muy bien las cosas.

Esta es la peor noticia para Donald Trump: que las instituciones han resistido.

No hay duda de la decadencia de la democracia norteamericana, en la que el dinero suele decidir el ganador y las redes sociales contaminan el debate político reduciéndolo a un tuit.

No hay duda de que el partido republicano es el principal responsable de esta decadencia. Puesto que la demografía juega en su contra, redibuja las circunscripciones y niega el voto a la población más marginal, abusando de un sistema que favorece de manera exagerada al mundo rural y conservador.

No hay duda de que el Senado también es antidemocrático. Los dos senadores de Wyoming, por ejemplo, representan al medio millón de habitantes de ese estado de la misma manera que los dos de California representan a 39 millones de californianos. La media de edad en el Senado es de 65 años; en el país, de 38.

Este Senado, si se confirma la mayoría republicana en la elección que queda pendiente en Georgia, intentará mantener viva la llama del trumpismo.

Trump se retirará a Florida, desde donde dirigirá un nuevo movimiento político con la mirada puesta en las elecciones legislativas de 2022 y en las presidenciales de 2024. Él mismo puede volver a aspirar a la Casa Blanca.